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Esos momentos incómodos

por Alida Werner

Con frecuencia me quejo de mis hijas porque no me escuchan, porque no prestan atención, porque debo repetir lo mismo una y mil veces (y un par de veces más), pero nada parece quedar registrado en su disco duro. Nada, excepto lo que NO les dije a ellas, lo que mencioné sin pensar que su sordera selectiva podría identificar como información jugosa para guardarla en su memoria esperando el momento perfecto para ser utilizada en mi contra.

 

El infaltable y siempre terrorífico “pero tu dijiste que..”, parece llegar en ese momento de silencio tenso en el que al decir una mentirita esperas pasar piola, pero claro que no lo harás, porque “Mentir es malo mamá”. Y entonces  resulta que sí me escuchan y lo que les digo usando mi voz más dulce de “Candy Uh” (que después de interminables repeticiones se convertirá en la de Munra el Inmortal), cala en su pequeño ser pero aparece en los momentos menos oportunos. Y entonces les digo a mis hijas lo que le digo siempre a mi esposo que no es mi esposo : “¡Filtro!” aunque suele ser  demasiado tarde.

 

He querido que me trague la tierra cuando comentan en público y con total naturalidad, mi lado menos amable, ese que no quiero que nadie conozca nunca, pero que en la intimidad del hogar y la familia, existe.

 

También  hay momentos extrañamente divertidos, como cuando la menor de mis niñas habla (sin saber que está siendo escuchada) con una de sus amiguitas compartiendo con ella  una certeza de la vida: los chicos tienen pene y las chicas vagina.

“Mi papa tiene pene porque es un chico”; “el mío también” asegura su amiga, a lo que mi hija responde con el típico afán ganador de una niña de 4 años, y se da mucha importancia al transmitirle que el de su papá “es un penesote muy grande, tanto que casi casi llega hasta el cielo”.

La conversación continúa con la promesa de una invitación a casa para jugar con los bloques de madera y dibujar en la mesita de la sala y aquí no pasó nada.

Yo soy fan de reusar reciclar y heredar, pero no tengo claro cómo me siento cuando mis hijas se acercan  a alguien y “reservan” algo de lo que trae puesto que les ha  gustado para cuando ya no le quede. Y esto sólo es un ejemplo.

 

No puedo recordar cuántas veces he quedado con los calzones al aire en el supermercado, pues las niñas se cuelgan de donde pueden sin importarles si se trata del pantalón dominguero más cómodo y menos “a prueba de niños”. O como cuando no pueden evitar tocarlo todo, incluso los pelos extremadamente largos de un desconocido en la tienda, al que acecharán y perseguirán hasta conseguir peinarlo. Pero tal vez lo peor es cuando todo ese pan que estuve comiendo descontroladamente se acomoda sin remedio en mi panza y por más que trato de hacer un abdominal constante de 24 horas para estar digna, mis niñas meten sus manitos por dentro de mi ropa y la soban cual Buda y se dicen la una a la otra y de un pasillo a otro “Hey, mamá tiene un bebé en la panza” , ¡plop!

 

Me he resignado a que la vergüenza sea parte de mis días. Nunca sé qué nueva situación tendré que afrontar o en qué nuevo lío me meterán mis pequeñas salvajes. Por lo pronto hoy me toca preparar panqueques para un grupo de amiguitos y sus acompañantes que, recién me entero, serán mis invitados para esta tarde de lunes interminable.

 

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Alida Werner
Alida Werner
Artista plástica y educadora. Mamá de dos niñas y experta en panqueques y en picar manguito. Está comprometida en aprender a ser una buena madre. Para todo lo demás existe Google.