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Criar a lo bestia (pero con amor)

por Alida Werner

Cuando nació mi primera hija, me pasé un mes encerrada en casa junto con ella. Así me dijeron que debía ser. No la llevé a lugares cerrados llenos de gente virulenta e infecta que quisiera tocarla. No soportaba que nadie pretendiera acariciarla y menos besarla, era pura, nueva e impecable y solo yo podía respirarla profundamente. ¡Quién podría cuestionarme si mi cuerpo la fabricó y alimentó! Lloré mares pensando una y otra vez que esa vida que acababa de empezar y por la que yo era enteramente responsable, acabaría un día de manera inminente y ese día podía ser cualquiera. Me sentía como una mesa: cuatro patas y una espalda protegiéndola.

 

Con mi segunda hija todo fue más práctico, rápido y menos romántico.

 

Conforme dejaban de ser diminutas, mi lado más salvaje afloraba y me iba sintiendo más canchera. Bañarlas en el lavatorio con una mano, darles de lactar solo en un brazo o cambiar los pañales en tiempo récord, son algunas de las cosas que todas aprendemos sin notarlo, pues si nuestro instinto no está atrofiado, la data ya está en nuestro disco duro.  

Las bañé en una batea de “le plastiquerí” (como le dicen las chicas a la plastiquería del barrio), pero como era enorme e incómoda, tan pronto pudieron sentarse solitas le dije “gudbay” a la batea y “jeloual banquito (también de la plastiquerí). Ducha de teléfono, algún juguetito y la adaptación de una canción de Rafaella Carra hacían lo suyo a la hora del baño (en lugar de “para hacer bien el amor hay que venir al Sur, yo le cantaba “Lea, Lea chapalea en su tina azul” y eso hacía que la hora del baño sea una de sus favoritas).

 

Nunca pusimos una sola reja en la escalera de casa y nunca las necesitamos, aunque debo confesar que una vez, mientras corría atrás de mi hija que rodaba irremediablemente todos los escalones sin lograr alcanzarla, pensé que hubieran sido útiles. Finalmente no fue terrible, sólo un susto y un par de moretones.

 

Yo soy salvaje y así crío a mis hijas, a lo bestia pero con amor. Sé que algunas mamás meten a sus hijos en burbujas plásticas antisépticas, antishock y waterproof, pero yo prefiero dejar la ventana abierta en el cuarto de las chicas (la que está al lado de su cama) y avisarles que si se asoman, caen; y si caen, mueren. Porque sus cabezotas enormes y melenudas pesan más que cualquier parte de su cuerpo. Y claro que las miro, no soy loca, pero asumo que la repetición surtirá el efecto deseado tarde o temprano y, mientras tanto, me digo a mi misma que no tiene por qué pasar nada terrible (ojalá esté en lo cierto).

 

Yo guardo la calma cuando veo sangre y cortes mientras que mi esposo que no es mi esposo grita, llora y corre por todos lados. He desarrollado, con mucha práctica, un grito (así como esos silbatos caninos) que solo mis hijas pueden detectar y viaja más rápido que la velocidad de la luz. Así es como puedo dejarlas sueltas corriendo desenfrenadas hacia la esquina, casi una cuadra delante mío, pero tan pronto veo cerca el peligro suelto mi grito más potente y entonces paran en seco. Todo es cuestión de entrenamiento (suyo y mío).

 

Sólo herví agua durante los primerísimos meses de vida de mis salvajitas, pues tan pronto empezaron a tomarse el agüita de la batea que había lavado sus pies apestosos y sudores muchos, era simplemente una hipocresía de mi parte pretender que esa agua no las enfermaría tanto o más que la de un vaso servido del caño.

 

Y claro, cuando hace calor, pues hace calor y entonces ¡a vivir calato se ha dicho! Nada de vestir a “la bebe” de 6 años con 38 capas de ropa porque tiene que estar recubierta “para que no se resfríe”, adiós a los “cierra la ventana, que no le da algo a la pobre” o sécale el pelo hasta que se le caiga”.

 

A veces cuando veo las caras de otras mamás al oír mi clásico favorito “no pasa nada”, me  pregunto si no estaré exagerando, pero luego veo a mis bestias locas más locas que nunca mientras corren, trepan, toman agua de cualquier lado, se van a explorar las playas y sus animalejos muertos y apestosos desmembrando lo que ellas llaman “regalos del mar y la naturaleza”. Las veo sin miedo, sin asco, con curiosidad verdadera y creo que algo debo estar haciendo bien.

 

Admito que es imposible dejar de sentir que todo podría terminar en muerte y que la tragedia está “aquisito no más” si voltean las esquina antes que yo, pero decidí vivir “relajada” a pesar de eso y no hacerlas temerosas en vano. Las quiero libres y avezadas y con ganas de comerse el mundo, un baile a la vez.

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Alida Werner
Alida Werner
Artista plástica y educadora. Mamá de dos niñas y experta en panqueques y en picar manguito. Está comprometida en aprender a ser una buena madre. Para todo lo demás existe Google.