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Alida Werner: Por favor, ¿puedes dar las gracias? Gracias

por Auténticas

“¿Qué decimos?” es algo que repito unas 43 veces al día cada vez que mis hijas reciben algo de una persona o alguien de su entorno les dice algo bonito; o cuando tienen un gesto  sospechosamente amable la una con la otra. Cuando mamama y papapa les dan esa última  galletita que guardaron al fondo del repostero, o cuando simplemente son ellas las que quieren pagar en la cola del supermercado o de su tienda barranquina favorita y decir porfavor y gracias son formas de comunicación obligatorias y no negociables.

Ser agradecido es algo que me he propuesto inculcar a mis hijas. Y aunque decir gracias o pedir por favor no asegure nada, al menos es un ejercicio que las vuelve conscientes de su situación en el universo, lo que creo es una forma real de entender que ser agradecido, más que un deber o una muestra de buena educación, es una necesidad.

“No me gustan los frijoles”, grita una mientras la otra llora porque le tocó cebollita china en el arroz chaufa y yo me aprieto los cachetes al mismo tiempo que estiro mis ojeras mientras me debato entre “morir o matar”. Pero luego de aplicar el consejo de mis hijas (“Mejor cuenta hasta 10 mami para que te calmes”) intento hacerlas entender desde el corazón lo suertudas que son al tener comida en su plato cada día, sean menestras, arroz o un rico locro que rechazarán cada vez. “Hay muchos niños en el mundo que tienen hambre”, les digo, “que se sentirían felices de comer lo que ustedes comen”, les digo. Y es que tienen la gran suerte de haber nacido en una casa en la que aunque no sobra, tampoco falta.

Pero además de agradecer al universo por una cama suave y limpia, calientita en invierno y aceptablemente fresca en verano, además de  agua en los caños, de un techo sólido sobre sus cabecitas, además de ropa cubriendo sus cuerpos y zapatitos coloridos y pezuñentos en sus pies, el universo nos regala maravillas por las que agradecer a cada momento, las  que quiero con todas mis fuerzas que aprendan a reconocer: bañarse en el mar y sentir  como queda la sal en su cuerpo cuando se seca,  ver una puesta de sol, caminar por entre los cerros, ver pasar a los gallinazos en el cielo gris de Lima y sentir el mismo terror/emoción cada una de las veces. Escuchar un huaylas y reconocer su piel poniéndose de gallina aunque no tengan idea de por qué.

Que les digan cuanto las aman a diario,  que las quieran bien, que las abracen, que las hagan reír, que las regresen a la realidad cada vez que divaguen estúpidamente y pierdan el tiempo pensando cojudeces (esto es para mí, aún no para ellas). Poder sentir la música en los huesos, en el pelo, en la piel. La suerte infinita de tener un cuerpo que funciona,  piernas que las lleven a donde quieran ir  y el cerebro fuertemente conectado al corazón. La suerte de no haber sufrido un dolor tan grande que las deje sin sentir que vivir es bueno.

Últimamente me quejo de todo y peleo con todos y aunque me queda más que claro que no es el camino a la felicidad, no puedo evitarlo. Hay mucho por lo que ser agradecido, empezando por ser quienes son, y son maravillosas. Verle el lado amable a la vida no siempre será fácil (al menos no lo es para mi), pero estoy determinada a intenter que para ellas sea  algo natural y no terminen siendo unas haters como su madre.

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